¿Qué era eso tan importante
la otra noche
en tu cama
en la oscuridad
justo antes de dormirte?
¿Te parecía que se abría por fin esa puerta
que llevas tantos años empujando sin resultado?,
¿que por fin se acercaba ya el final de lo peor de tu viaje?
Fuera lo que fuera
no lo olvidaste
poco a poco
durante el resto de la noche,
que pasaste
lógicamente
dormido,
lo olvidaste
de inmediato,
nada más dormirte,
puede que tan solo
un segundo después
de haber terminado
de pensarlo.
Ser la herida abierta,
no negar el dolor
ni su significado
entre escombros
las mañanas teñidas de abril
y cuchillas de afeitar
a quienes lentamente
te ignoran
sin saberlo,
sin pretenderlo,
en centros comerciales,
refugios antiatómicos,
hospitales de campaña,
cenas benéficas…
La realidad, quizás,
te parezca entonces
esa indumentaria
de nuevo
cada vez más paupérrima
perdida en el reflejo de ojos sin nombre
que ya nunca podrán contarte
lo que vieron,
lo que sintieron con lo que vieron,
lo que pensaron con lo que vieron,
a pesar de que su mirada
para siempre ya silenciosa
y anclada en un punto impreciso
del infinito cielo,
y que es,
al mismo tiempo,
igual que un espejo astillado y polvoriento
encontrado por sorpresa
en el fondo del desván de alguien,
te siga devolviendo insistentemente
esa pregunta que se escribe con los rasgos de tu rostro.
Hacia la oscuridad,
¿no te parece oír…?,
no son como llamadas
(deja ya la nostalgia de esa voz,
el recuerdo de lo que no dijo)
sino más bien
como los escalofriantes sonidos
de la vieja batalla.
Pero no hay ningún resplandor,
ningún brillo…
que te guíe en la noche,
aparte de esos equívocos ruidos…
y sin embargo
sabes
que no tienes elección,
que este amanecer ha sido el último
y más allá de una palabra
(no dicha, solo pensada,
ya no tendría sentido decirla,
¿y a quién ibas a decírsela?),
más allá
hay un brazo, un solo brazo
al que cortaron la mano
porque se había podrido…
(ojalá hubiera sido por la gangrena)
del brazo que toca el asfalto caliente
con la punta del muñón…
Y hay que seguir,
y nadie va a agradecértelo,
aunque, por otro lado,
¿qué tendrían que agradecerte
exactamente
cuando…?
Papá y mamá, en cambio, creen que me voy con mis amigos. Hablo siempre de ellos en general, no cito nombres; no son del colegio, ni mucho menos del instituto; son de la universidad. Estaban preocupados, entonces, papá y mamá, cuando iba a segundo de carrera, y me inventé que por fin había hecho amigos de verdad, ¡qué suerte! Papá me dijo, ves, ya lo sabía yo, si era cuestión de tiempo, y de dar con la gente adecuada, gente con la que conectaras. Y mamá sonreía y me hizo de cenar uno de mis platos favoritos. Se pusieron tan contentos que me sentí fatal. Al irme a la cama recuerdo que me había arrepentido ya de haberles mentido, pero un montón además, a pesar de que ellos se hubieran quedados más aliviados y, en cierto modo, yo también. Es increíble; dices tres o cuatro palabras para intentar que alguien se tranquilice y de pronto te sientes muchísimo más solo que antes de haberlas dicho; pero la culpa era mía, claro. Los viernes y los sábados salía y salgo con ellos, con mi divertidísimo grupo de amigos, eso les decía y les digo. Pero nunca he hablabo de nadie en particular, y misteriosamente nunca me ha llamado nadie ni al teléfono de casa ni al móvil. Con el tiempo, creo que les ha terminado por resultar más que evidente que esos amigos no existen; pero yo finjo y ellos fingen. Ellos supongo que por lástima. A papá, que siempre habla de la importancia de ser un hombre de palabra, y de una pieza, y un hombre valiente y capaz, y de vencer los obstáculos… y que se emociona siempre al final de “Los siete magníficos”, hasta se le salta alguna lagrimilla y todo, “¿Cómo me llamo?, decidlo. ¡Bernardo, Bernardo!”, o “Los del pueblo son los únicos que han ganado, nosotros no hemos ganado nada.”… A él le tiene que dar mucha pena; quizás le provoco vergüenza ajena; puede ser, no me extrañaría. En cuanto a mamá…; me cuesta muchísimo imaginar lo que puede pensar o sentir ella. Es tan comprensiva y tan dura y mal pensada al mismo tiempo. En cualquier caso, aunque no pregunten, saben que les oculto algo, y que no es precisamente el hecho de que en veinticinco años no he sido capaz de hacer un solo amigo. Y… supongo que yo, por mi parte, continuo fingiendo para no tener que confesarles la verdad, porque esa verdad…, bueno,… no sé cómo se la tomarían; ni siquiera sé cómo me la tomo yo.
De nada. Porque tendría que ser del desastre, o ni siquiera eso, ni siquiera del desastre, solo de nada… ¿Y cómo hablar de eso? No, no hay que hablar. Tampoco hace falta. Mírala; a ésta le vale con que la escuchen; yo no lo intereso en absoluto. Solo quiere contar lo que piensa de… ese rollo con la secretaria del jefe de recursos humanos. “Recursos humanos”; recuerdo haberle oído decir a alguien que se trataba de dos términos incompatibles; pero a ésta eso le da igual, ésta solo piensa que la secretaria esa es idiota, ¿y por qué?; porque ha cometido un error que ella cree que no cometería nunca en la vida. En fin. Yo no pienso nada. Creo que he cometido todos los errores imaginables, y si no los he cometido aún, acabaré por cometerlos; parece que tengo facilidad para ello. El último ha sido venir aquí a comer con ella, está claro; ni siquiera me cae bien, ni yo a ella; ha venido a comer conmigo exclusivamente por no comer sola, seguro; porque se han ido a no sé qué reunión en Valladolid sus colegüitas de expropiaciones, con los que suele comer, y hablar en general en la oficina; el rollo de la secretaria nunca me lo habría contado a mí…, normalmente actúa como si yo no existiera; pero hoy no tenía a quién contárselo. ¿Y yo por qué he venido a comer con ella? ¿En algún momento le he comentado que mañana me voy de vacaciones? Puede que sí. Le habré contado la mentira. Al pueblo de mi madre, en Ciudad Real, quizás he hecho la broma, la tenía ya pensada desde esta mañana en el metro, Ciudad “Ral”, como la llaman allí, la Mancha… No sé. No importa. A esta no le importa. Aunque le importase. No importa. Miraré el reloj disimuladamente; a ver cuándo se acaba este infierno. Es increíble que tenga ganas de volver a la oficina… Pero dentro de algunas horas estaré haciendo la maleta.